Seeking and Sharing the Fullness of Life

No tenemos lucha contra sangre y carne

Explanation
This sermon was preached by Nathan Nettleton in the First Baptist Church of Matanzas, Cuba. It was the first time he had ever preached in Spanish, and an English translation is provided below at the end of the Spanish text. Nathan is grateful to Pastor Orestes Roca Santana for both the invitation and the Spanish translation of the English original.

Sermón sobre Efesios 6: 10-20 y Juan 6: 56-69 por Nathan Nettleton

Antes de comenzar, permítanme darles saludos de sus hermanas y hermanos en Cristo de la Iglesia Bautista de South Yarra, en la ciudad de Melbourne, Australia. Gracia y paz a ustedes en nuestro Señor Jesucristo. Es un honor para mí estar aquí con ustedes. A ustedes y a su pastor, gracias por confiar en mí para traerles la img_9377Palabra de Dios para hoy, a pesar de que realmente no les conozco, vivo en el otro lado del mundo, y ¡nunca antes he predicado en español! Desafortunadamente, cuando termine este sermón, es posible que por error ustedes crean que yo hablo español muy bien, pero en realidad escribí este sermón en inglés y Orestes hizo la traducción para mí. Aunque puedo defenderme más o menos en español, no estoy acostumbrado a escuchar mucho español, así que si ustedes vienen y hablan conmigo después del culto, probablemente voy a parecer un poco perdido y confundido, y ustedes tendrán que repetir todo muy lento y claro, y quizás varias veces, antes que yo pueda entenderles. ¡Que así sea! Agradezco por la bienvenida y el privilegio.

Algunos cristianos piensan que el mundo entero está vuelto en contra de nosotros y que nosotros los cristianos estamos todos en peligro. Dicen que existen varios grupos que están en contra de los cristianos, que odian nuestra fe, y quieren destruirnos debido eso. Incluso, a veces escuchamos decir las mismas cosas acerca de otros dentro de la iglesia cristiana. Escuchamos a diferentes grupos de cristianos describiéndose unos a otros como el enemigo, como los que están contra nosotros y que están determinados a destruirnos, o a destruir la pureza del evangelio.

Ahora, a veces esto es cierto. A través de los siglos, e incluso hoy, en algunas partes del mundo, los cristianos han sido perseguidos con violencia. En las noticias recientes, ha habido historias horribles de los violentos ataques del ISIS, el llamado Estado Islámico, contra cristianos y también contra otros musulmanes que no están de acuerdo con ellos. Probablemente no estemos tan amenazados como decimos o tan mal como decimos ¡a veces sólo estamos un poco paranoicos! pero es verdad que hay personas y grupos que, por una razón u otra, están fuertemente en contra de nosotros.

Sin embargo, aún cuando es cierto, el hecho de que alguien nos odie no nos dice cómo debemos responderles. ¿Debemos considerarlos como nuestros enemigos? ¿Debemos tratar de destruirlos? Si las personas nos atacan, seguramente la única reacción que podemos hacer es devolverles el ataque ¿no es así? ¿O al menos defendernos y derrotar a estos adversarios? ¿O haciendo una cosa como esa quizás nos estaríamos arriesgando a convertirnos exactamente como ellos? ¿Hay otra manera?

Hay una interesante conexión entre las dos lecturas bíblicas leídas hoy que pueden ayudarnos a responder estas preguntas. La conexión es la frase “carne y sangre”. Aparece tanto en la lectura del evangelio de Juan como en la lectura de la carta a los Efesios. En cada lugar es usada de manera diferente, pero veamos lo que pueden decirnos cuando las leemos juntas.

En nuestra lectura del evangelio escuchamos que Jesús habla de carne y de sangre cuándo dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Jesús está hablando de una muy cercana identificación entre nosotros y él. Esto es lo que es la encarnación: la aparición de Dios en carne humana en Cristo. Dios derriba la barrera entre Dios y la humanidad. Dios y nosotros ya no estamos en lados opuestos nuca más. Dios se hace ser humano, y ahora estamos en el mismo lado. Somos uno. “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Y este extraordinario acto de solidaridad de parte de Dios tiene grandes implicaciones para la manera en que nosotros nos vemos unos a otros. Dios no se une exclusivamente a los bautistas, o a los protestantes, o incluso a los cristianos. Dios se une a la sangre y a la carne. A toda la humanidad. Y de esa manera, si comenzamos a tratar a cualquier grupo como enemigos, como los “otros”, como los no deseados, entonces estamos violando una solidaridad que Cristo ha establecido en su encarnación en carne y sangre.

Pero necesariamente eso no nos ayuda a saber qué hacer cuando otros empiezan a tratarnos como enemigos, ¿o sí? Si esa solidaridad no es reconocida y honrada por la otra parte, ¿cómo se supone que nosotros la expresemos?

El pasaje que escuchamos de la Carta a los Efesios es uno de los pasajes más guerrerista de las Escrituras cristianas. El pasaje utiliza fuertes imágenes militares para describir la “armadura” que debemos ponernos para defendernos en una gran lucha. Así que a primera vista, puede parecer que aquí se nos está dando permiso para luchar contra aquellos que están contra nosotros. Pero espere un momento.

Aquí aparece nuevamente la frase “carne y sangre”, y ¿qué dice esta vez? “No tenemos lucha contra sangre y carne”.

No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.

Aquí no dice que no hay enemigos de carne y sangre. Dice que nuestra lucha no es contra ellos. En otras palabras, incluso si hay personas que se oponen a nosotros y tratan de destruirnos, no es contra ellos frente a quien realmente estamos luchando. Es contra algo más. Algo más grande. Algo que puede estar usándolos a ellos, y trabajando a través de ellos, pero que no podemos identificar como si fuesen ellos. “No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”.

Si ustedes han leído las novelas de Harry Potter o han visto las películas, ustedes sabrán que los seguidores del malvado Señor Oscuro a veces usan un arma llamada la “Maldición Imperius”. Cuando alguien está bajo la maldición imperius, se convierte como en marioneta. Aunque exteriormente parecen normales, ellos ahora están siendo controlados por el Señor Oscuro para hacer lo que él quiera. Ellos no tienen poder para hacer nada por detenerlo y por lo tanto no son responsables en absoluto de sus acciones. Ellos pueden hacer las cosas más horribles en contra de ustedes, pero todavía siguen siendo la misma persona que fuera cuando eran su mejor amigo y por tanto el desafío es detectar la presencia de la maldición imperius, y tratar de romper la maldición en lugar de destruir al amigo que ha estado bajo la maldición. Nuestro desafío es similar: resistir a las fuerzas y a las instituciones del mal mientras amamos y tratamos de liberar a quienes han quedado atrapados realizando la voluntad de esos poderes.

Ahora, esto no es fácil de hacer, y no nos asombra que el apóstol lo vincule con la necesidad de orar en todo tiempo y estar fortalecidos en la poderosa fuerza de Dios. Siempre es fácil identificar a alguien que parece representar el mal y convertirlo en nuestro objetivo a vencer, pero Cristo también ha tomado la carne y la sangre de esa persona, y nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre. Entonces, ¿cómo es esto en la práctica?

Bien, en la práctica esto quiere decir que no importa cuán violenta sea la oposición de los fanáticos del Estado Islámico contra los cristianos, o cuán asustados podamos estar por causa de las personas violentas en nuestras propias calles, nuestra verdadera lucha no es contra ninguno de ellos. Cada uno de ellos es, como nosotros, un ser humano, nuestro hermano y nuestra hermana, creado a imagen de Dios y por quien Cristo también murió, y como tales tenemos que honrarlos y orar por ellos. Indudablemente tenemos que mantenernos firmes contra el espíritu de odio, de división y de brutalidad, pero como puede apreciarse claramente en muchas de las respuestas del mundo occidental al Estado Islámico, y en los intentos que se realizan en muchos lugares por ser duros e intransigentes con el delito, si no recordamos contra qué es realmente que estamos luchando, los gobernantes, las autoridades y los poderes cósmicos del odio, la división y la violencia nos conquistarán rápidamente también a nosotros, y también nos haremos servidores cautivos de esas mismas fuerzas espirituales. Nos convertimos en parte del problema en lugar de ser parte de la solución.

Otra vez, en la práctica esto quiere decir que incluso cuando escuchemos hablar de legisladores de los Estados Unidos que quieren mantener el inhumano embargo contra Cuba, nuestra lucha no es contra ellos. Ellos son, como nosotros, seres humanos, nuestros hermanos y nuestras hermanas, creados a imagen de Dios y por quienes Cristo también murió, y como tales tenemos que honrarlos y orar por ellos. Indudablemente tenemos que mantenernos firmes contra el espíritu del imperialismo egoísta y contra la hostilidad, pero si no mantenemos esa distinción, nos convertimos en parte del problema en lugar de ser parte de la solución.

Y en tercer lugar, en la práctica esto quiere decir que no importa cuánto nos critiquen y nos demonicen algunos cristianos extremistas, o cuánto nos critiquen quienes piensan diferente a nosotros, nuestra lucha no es contra ninguno de ellos personalmente. Ellos son, como nosotros, seres humanos, nuestros hermanos y nuestras hermanas, creados a imagen de Dios y por quienes Cristo también murió, y como tales tenemos que honrarlos y orar por ellos. Indudablemente tenemos que mantenernos firmes contra el espíritu de arrogancia, de exclusión y de acusaciones injustas, pero como podemos ver evidentemente en gran parte de la Iglesia, si no mantenemos esa distinción, nos convertimos en parte del problema en lugar de ser parte de la solución.

Por lo tanto, estemos firmes en la libertad que Cristo ha ganado para nosotros cuando se convirtió en la solución, absorbiendo voluntariamente en su propio cuerpo nuestra violencia y nuestra maldad en lugar de sucumbir a la tentación de volverse contra carne y sangre y convertirse en parte del problema. Ofrezcámonos a Dios y ofrezcámonos los unos a los otros para buscar la reconciliación en todo lo que nos divide. Porque “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. E incluso en este momento, aquí mismo, estamos comprometidos en una feroz lucha con esos enemigos reales, porque cuando superamos nuestras diferencias y nos reunimos como un solo cuerpo para celebrar el evangelio de la reconciliación de todas las personas en Cristo, en realidad nos estamos armando con la armadura de la verdad, la justicia, la paz, la fe y la salvación. Cuando compartimos juntos el pan del cielo, estamos resistiendo categóricamente al veneno divisor del infierno. Y cuando afirmamos nuestra fe, no es para definirnos a nosotros mismos contra otros, sino para volvernos hacia ellos en oración pidiendo amor y vida para todos.

English Translation

Good morning everyone. Before I begin, allow me to bring you greetings from your sisters and brothers in Christ at the South Yarra Baptist Church in Melbourne, Australia. Grace and peace to you in our Lord Jesus Christ. It is an honour for me to be here with you. To you and to your pastor, thank you for putting your trust in me to bring you the Word of God for today, despite the fact that I don’t really know you, I live on the other side of the world, and I have never before preached in Spanish! Unfortunately, when this sermon is finished, it is possible that you will mistakenly believe that I speak Spanish well, but in reality, I wrote this sermon in English and Orestes translated it for me. Although I can more or less get by in Spanish, I am not used to hearing much Spanish, so if you come up and speak to me after the service, I am probably going to look a bit lost and confused, and you will have to repeat everything very slowly and clearly, and perhaps several times, before I am going to understand. So be it! I thank you for the welcome and the privilege.

Some Christians seem to think that the whole world is turning against us and that we Christians are all in danger. It is said that various groups are opposed to Christians, to hate our faith, and to want to destroy us because of it. Sometimes we even hear the same things said about others within the Christian Church. We hear different groups of Christians describing each other as the enemy, as the ones who are against us and who are determined to destroy us, or to destroy the purity of the gospel.

Now sometimes this is the truth. Down through the centuries, and in some parts of the world even today, Christians have been violently persecuted. In the recent news, there have been horrible stories of violent attacks by ISIS against Christians and also against other Muslims who don’t agree with them. We are probably not under threat as often as we are told it or as badly as we are told it – sometimes we are just paranoid! – but it is true that there are those who, for one reason or another, are strongly opposed to us.

However, even when it is true, the fact that someone hates us doesn’t tell us how we should respond to them. Should we regard them as our enemies? Should we seek to destroy them? If people attack us, surely the only response we can make is to attack back, isn’t it? Or at least to defend ourselves and defeat these opponents? Or would that perhaps be risking becoming just like them? Is there another way?

There is an interesting connection between two of today’s Bible readings that may help us to answer these questions. The connection is the phrase “flesh and blood”. It appears in both the reading from John’s gospel and the reading from the letter to the Ephesians. It is used differently in each place, but let’s see what they might say when we read them together.

In our gospel reading we heard Jesus talk about flesh and blood when he says, “Those who eat my flesh and drink my blood abide in me, and I in them.” He is talking about a very close identification between us and him. This is what the incarnation – the appearance of God in human flesh in Christ – is all about. God breaks down the barrier between God and humanity. No longer are we and God on opposite sides. God becomes a human being, and now we are on the same side. We are one. “Those who share in my flesh and blood abide in me, and I in them.” And this extraordinary act of solidarity on God’s part has big implications for the way we view one another. God does not unite himself exclusively to Baptists, or to Protestants, or even to Christians. God unites himself to flesh and blood. To all humanity. And so if we start treating any group as enemies, as undesirable “others”, then we are violating a solidarity that Christ has established in his incarnation in flesh and blood.

But that doesn’t necessarily help us work out what to do when others start treating us as enemies, does it? If that solidarity is not being recognised and honoured from the other side, how are we supposed to keep expressing it?

The passage we heard from the letter to the Ephesians is one of the more war-like in the Christian scriptures. It uses strong military images to describe the “armour” we must put on to defend ourselves in a great struggle. So at first glance, it may look as though we are being given permission here to fight against those who are against us. But wait.

Here is that phrase “flesh and blood” again, and what does it say this time? “Our struggle is not against enemies of flesh and blood.”

Our struggle is not against enemies of flesh and blood, but against the rulers, against the authorities, against the cosmic powers of this present darkness, against the spiritual forces of evil in the heavenly places.

It doesn’t say that there are no enemies of flesh and blood. It says that our struggle is not against them. In other words, even if there are people who oppose us and seek to destroy us, it is not really them that we are struggling against. It is something else. Something bigger. Something which may be using them, and working through them, but which we are not to identify as being them. “Our struggle is not against enemies of flesh and blood, but against the rulers, against the authorities, against the spiritual forces of evil.”

If you have read the Harry Potter novels or seen the movies, you will know that the followers of the evil Dark Lord sometimes use a weapon called the Imperious Curse. When someone is put under the imperious curse, they become like a puppet. Although they look normal on the outside, they are now being controlled by the Dark Lord to do whatever he wants. They are powerless to do anything to stop it and therefore they are not responsible for their actions at all. They might do the most awful things against you, but still be the same person who was your best friend, and so the challenge is to detect the presence of the imperious curse, and try to break the curse rather than to destroy the friend who has been cursed. Our challenge is similar: to oppose the forces and institutions of evil while loving and seeking to liberate those who have become trapped in perpetrating the will of those powers.

Now this is not easy to do, and it is no wonder that the Apostle links it with the need to pray at all times and be strong in the strength of God’s power. It is always easy to identify someone who seems to represent the evil and to make them our target, but Christ has taken on their flesh and blood too, and our struggle is not against enemies of flesh and blood. So what does this look like in practice?

Well, in practice it means that no matter how violently opposed to us the ISIS fanatics are, or how frightened we might be of the violent criminals in our own streets, our real struggle is not with any of them. Each of them are our human brothers and sisters, who were created in the image of God and who Christ died for, and we are to honour them as such and pray for them as such. We are certainly to stand firm against the spirit of hatred and divisiveness and brutality, but as can be seen clearly in much of the western world’s response to ISIS, and in the attempts in many places to get tough on crime, if we don’t remember what it is we are really struggling against, the rulers and authorities and cosmic powers of hatred and divisiveness and violence quickly conquer us too, and we too become captive servants of those same spiritual forces. We become part of the problem instead of part of the solution.

Again, in practice it means that even when we hear of individual US legislators who want to maintain the inhumane embargo of Cuba, our struggle is not against them. They are our human brothers and sisters, who were created in the image of God and who Christ died for, and we are to honour them as such and pray for them as such. We are certainly to stand firm in our protest against the spirit of selfish imperialism and hostility, but if we don’t maintain that distinction, we become part of the problem instead of part of the solution.

And thirdly, in practice it means that no matter how much we are denounced and demonised by angry Christian extremists, our struggle is not against any of them personally. They are our human brothers and sisters, who were created in the image of God and who Christ died for, and we are to honour them as such and pray for them as such. We are certainly to stand firm against the spirit of arrogance and scapegoating, but as can be seen clearly in much of the church, if we don’t maintain that distinction, we become part of the problem instead of part of the solution.

So let us stand firm in the tough freedom that Christ has won for us when he became the solution, willingly absorbing in his own body our violence and evil rather than succumbing to the temptation to turn against flesh and blood and become part of the problem. Let us offer ourselves to God and one another to seek reconciliation across anything that divides us. For “our struggle is not against enemies of flesh and blood, but against the rulers, against the authorities, against the cosmic powers of this present darkness, against the spiritual forces of evil in the heavenly places.” And even at this moment, right here, we are engaged in a fierce struggle with those real enemies, for when we overcome our differences and gather as one to celebrate the gospel of the reconciliation of all people in Christ, we are indeed arming ourselves in the armour of truth and righteousness and peace and faith and salvation. When we share together the bread of heaven, we are steadfastly resisting the divisive poison of hell. And when we affirm our faith, it is not to define ourselves against others, but to turn us towards them with a prayer for love and life for all.

Thanks be to God and thanks to you all.

Share thisShare on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Email this to someonePrint this page

0 Comments

Add a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *