Seeking and Sharing the Fullness of Life

Lenguajes de Reconciliación

Explanation: This sermon was preached by our pastor in the online worship service of the Jíreh Baptist Community in Monterrey, México. Thank you to Pastor Joel Sierra for the invitation and for the Spanish translation of the English original (the English original follows the Spanish text below). You can view the whole service here, but a technical mistake means that the first paragraph is missing from that version. An older version of this sermon, in English, can be found here.

Este sermón fue predicado por nuestro pastor en el culto en línea de la Comunidad Bautista Jíreh en Monterrey, México.
Puede ver el servicio completo aquí, pero por un error técnico, falta el primer párrafo de esa versión.
Hechos 2:1-21, Nathan Nettleton, 31 mayo, 2020

Según la lectura que hicimos en el libro de los Hechos, en el día de pentecostés el Espíritu Santo rompió barreras lingüísticas, y la gente escuchó el evangelio en su propio idioma, proclamado por predicadores y predicadoras que sólo unos momentos antes, no sabían hablar esos idiomas. En mi intento de predicar el evangelio en el idioma de ustedes, el castellano, hay algo que me da confianza, y es saber que, en aquel día, la gente que escuchó a los apóstoles pensó que estaban borrachos. Si al escucharlos hablar su idioma pensaron que estaban borrachos, quiere decir que no lo estaban hablando a la perfección, y por eso me siento tranquilo, ¡porque probablemente su habilidad para hablar otros idiomas no era mucho mejor que mi español tan limitado!

Antes de proseguir, quisiera darles saludos de sus hermanas y hermanos en Cristo en la Iglesia bautista de la comunidad South Yarra, en la ciudad de Melbourne, Australia. Para nosotros fue un gran privilegio contar con su pastor, Joel, en la predicación de Resurrección, en inglés, y es un gran honor para mí el haber sido invitado a compartir  la palabra de Dios con ustedes   en español. Por todos estos intercambios de predicación multilingüe, quisiera que viéramos el relato del milagro de los idiomas en pentecostés, y pensáramos en lo que significa y en la gran importancia que tiene. 

El lenguaje y la identidad están estrechamente relacionados entre sí. Por eso muchos ataques racistas comienzan con ofensas sobre la manera de hablar, o el idioma extraño que hablan los otros. Primero hay gritos de abuso exigiendo que hablen “nuestro” idioma, y a eso sigue una espiral descendente de violencia que llega hasta los extremos más crueles. 

También podemos ver la conexión entre lenguaje e identidad en la forma en que los poderes colonizadores han tratado de eliminar las lenguas indígenas. No estoy bien enterado del grado en que los españoles intentaron destruir las lenguas autóctonas en México, pero al ver el desplante de energía que se invierte hoy en día para reestablecer esos idiomas, es fácil suponer que, en la historia, sí hubo ese intento de acabar con esos idiomas. En mi visita a Querétaro, el año pasado, vi un letrero que decía:“En esta tienda hablamos otomí, náhuatl, y hasta español”. 

En mi país había cientos de idiomas indígenas activos antes de la llegada de los ingleses. Ahora sólo quedan unos cuantos. Hay muchos australianos de pueblos originarios que todavía recuerdan los tiempos en que podían ser arrestados y encarcelados por hablar su lengua nativa. Es una historia vergonzosa. 

¿Por qué el lenguaje es un asunto tan explosivo? 

¿Por qué provoca tanta hostilidad y violencia? 

¿Y qué relación tiene con el evangelio? 

La respuesta, en gran parte, tiene que ver con el miedo. Recuerdo la primera vez que me vi solo en las calles de un país cuyo idioma yo desconocía. Me sentí aterrorizado. 

Normalmente tengo confianza en mis habilidades comunicativas cuando se trata de mi idioma; tengo confianza en que, si algo sale mal, lograré darme a entender para navegar bien por aguas peligrosas. Pero en esa ocasión de pronto ya no tenía mi recurso principal: mi capacidad de hablar. No sabía cómo pedir comida, y si una situación se complicara, no podría salir del problema. Me sentí totalmente vulnerable e indefenso. 

Esa experiencia me ayudó a comprender mejor a quienes se sienten amenazados por gente que habla otro idioma. Y la situación se hace más grave si el medio ambiente es violento e impredecible. En contextos de violencia, hay sospecha: los que hablan otro idioma podrían estar tramando algo. Si alguien ya vive con miedos, quiere saber todo lo que se dice y lo que se hace, y si alguien habla otro idioma, puede provocarnos mucha inseguridad. 

Es extraño, pero muchos estamos experimentando otra versión de esta situación durante estos tiempos de pandemia. No podemos ver ni entender al coronavirus, pero es algo que ha logrado aislarnos unos de otros y nos hace tener miedo unos de otros. Aunque ansiamos tener contacto humano normal, cuando salimos a comprar víveres, no queremos acercarnos mucho a la gente. Independientemente de lo que digan las noticias y los científicos, no estamos seguros si podemos acercarnos al otro con seguridad. A veces me doy cuenta de que me siento igual que aquella vez que no podía hablar el idioma del país: inseguro, ansioso, e indefenso. 

Pero creo que hay otra capa de miedo que se suma a los ataques violentos contra quienes hablan otro idioma. Casi siempre la gente violenta vive rodeada de otros que también son violentos, de modo que hay una sensación constante de peligro. Esa hostilidad y esa rabia pueden explotar en cualquier momento; casi siempre ocurre inesperadamente, de modo que la próxima víctima pudiera ser cualquier persona. 

Entonces, lo que hacemos en un estado constante de miedo es que nos aseguramos que la próxima víctima de la violencia sea alguien más, y no nosotros. Nos protegemos a expensas del otro, y tratamos a los demás con sospecha, hostilidad y agresión, esperando que todos los demás estén de acuerdo y se nos unan en contra de aquel que no es como nosotros. 

Y por supuesto, esa estrategia, que siempre es algo inconsciente, es mucho más exitosa si la persona o el grupo a quien dirigimos nuestra hostilidad es muy diferente a nuestro grupo, por su apariencia racial, o por su lenguaje. 

En medio de esta crisis sanitaria, podemos ver lo irracional de esta conducta. No sé si en México es como acá, pero en mi país hemos tenido un desafortunado incremento en el abuso racial en contra de la gente de origen chino. Las estadísticas demuestran que hay mucha más probabilidad de hallar el virus en gente que proviene de Estados Unidos o de Inglaterra, que en la que viene de China. Pero en mi país, los ingleses y norteamericanos se parecen a nosotros, mientras que es fácil detectar a un chino, y por tanto, dirigir la culpa y el ataque hacia él.

Esta tendencia a culpar y atacar ha infectado mucho a todas las religiones, incluyendo al cristianismo. No siempre se expresa en forma de ataques violentos, pero los grupos religiosos tienden a excluir y perseguir grupos que identifican como “el otro, el malo”, el que nos puede infectar con algo corrupto y peligroso. 

Hemos excluido y perseguido a judíos, musulmanes, africanos, pueblos indígenas, mujeres, divorciados, personas con atracción por el mismo sexo, liberales y fundamentalistas. Nos justificamos diciendo que se trata de santas cruzadas en contra del pecado y la maldad. Suponemos que Dios está de nuestro lado, porque odia a todos esos malhechores.

Pero la mayor parte de esa hostilidad tiene la misma motivación que el odio racial del que hablábamos. Si alguien va a comenzar a limpiar al mundo de todos sus pecadores, hay que asegurarnos que comience con otro tipo de pecadores, no con nosotros. Podemos estar seguros de que somos los buenos, que estaremos a salvo si logramos identificar el pecado y el mal en el otro. Si los malos son “ellos”, entonces “nosotros” somos los buenos, y lograremos escapar del juicio que viene. 

Por cierto, este miedo casi nunca tiene que ver con Dios o con un supuesto juicio futuro. En realidad, tiene que ver con nosotros mismos. Por miedo a ser juzgados por otros, etiquetados como pecadores abominables, y excluidos o atacados, nos apuramos a unirnos a alguna cruzada en contra de otra categoría de pecado. 

Incluso hemos visto a cristianos de todo tipo que se hacen esto unos a otros. Nos acusan, y como respuesta, los acusamos, y en esa hostilidad recíproca estamos jugando el mismo juego de la división. Nos apuntamos con el dedo unos a otros, y el mundo sigue dividido. Identificamos que el problema son “ellos”, y así nos sentimos seguros, pensando que nosotros no somos el problema. Y por supuesto, en realidad el problema es la necesidad de asegurar nuestra identidad a expensas de alguien más. 

Precisamente esto es lo admirable y lo extraordinario que hizo el Señor Jesús. Vino a vivir entre nosotros, y voluntariamente se presentó como diferente, como extraño, casi invitándonos a señalarlo como el raro, como la minoría vulnerable que perseguimos todos juntos para encauzar la rabia de la multitud y que no nos llegue a nosotros. Al adoptar esa posición, al entregarse a sí mismo a nuestra hostilidad, él logró una victoria asombrosa. 

Desenmascaró las grandes mentiras del sistema. La mentira de que estas cruzadas son autorizadas por Dios y que se realizan en el nombre de Dios, y la mentira de que nosotros los “buenos” sólo atacamos a los malos, y que podemos distinguir claramente la diferencia entre los malos y los buenos, cuyo mejor ejemplo somos “nosotros”. 

Luego, además de desenmascarar esas mentiras, el Señor Jesús logró algo aún más asombroso. Comprobó que ser el perseguido no es tan fatal como parece. Aunque sufrió la muerte de cruz, se levantó más vivo que nunca, y más libre que antes, para mostrar que podemos seguirlo, sabiendo que la vida y el amor de Dios nos guardarán con toda seguridad. Y esa seguridad nos salva y nos libra de la necesidad de andar señalando y crucificando al otro. Nos libera para ser parte de la solución en lugar de ser parte del problema. 

El Espíritu que se derramó sobre la iglesia recién nacida en el día de pentecostés era el espíritu de Cristo: ese mismo Espíritu que lo formó y lo inspiró y lo empoderó para ponerse al lado de las víctimas del mundo, hasta el punto de convertirse en la víctima por excelencia de nuestra hostilidad y violencia. Así, cuando este Espíritu se derrama sobre nosotros, es un Espíritu que no tiene nada que ver con nuestro deseo de dividirnos en grupos rivales, sea por divisiones étnicas o lingüísticas, o sexuales o teológicas. Más bien, es un Espíritu que derriba barreras y construye puentes, sana las divisiones y reconcilia a los enemigos. Y en un tiempo en que sabemos bien lo doloroso que es vivir divididos y aislados unos de otros, sabemos mejor que nunca que necesitamos un Espíritu que rompa barreras y nos permita abrazarnos unos a otros como hermanas y hermanos. 

De manera que cuando este Espíritu libre llevó a las calles a aquellos apóstoles que antes estaban llenos de miedo, y los empoderó para comenzar a predicar las buenas nuevas de Jesús  en los lenguajes de la gente con quienes se encontraban, eso fue una señal irrefutable  de la nueva cultura de Dios en la que todos son bienvenidos, y nuestra diversidad es razón para celebrar y no para sospechar. 

Y cuando el pastor Joel predica en mi iglesia en inglés y yo predico aquí en español, tal vez de una manera muy pequeña estamos repitiendo esa misma señal. Si es una señal que indica una transformación más grande que está ocurriendo en nosotros y entre nosotros, luego definitivamente no será una señal pequeña. En verdad estaremos dejando que el viento de Dios  sople sobre nosotros y nos lleve lejos de los territorios infernales de conformidad miedosa y de asimilación represiva, y nos ponga en la senda del Señor Jesús, donde nos gozamos en la diversidad de la creación de Dios y celebramos el amor reconciliador e incluyente que sana al mundo y crea el lugar de pertenencia, comunión y seguridad que todos anhelamos.

Otro sermón de Nathan en español se puede encontrar aquí.

Languages of Reconciliation
A sermon on Acts 2:1-21 by Nathan Nettleton, 31 May 2020

According to our reading from the Acts of the Apostles, on the Day of Pentecost the Holy Spirit broke through the language barriers and the people heard the gospel being preached in their own languages by preachers who hadn’t previously been able to speak those languages. And as I now attempt to preach the gospel in your language, Spanish, I am taking comfort from the fact that many of the people who heard the apostles on that day thought they were drunk. Because if they thought they were drunk, then it seems to me that their ability in those languages probably wasn’t much better than my clumsy Spanish!

Anyway, before I go any further, let me bring you greetings from your sisters and brothers in Christ at the South Yarra Community Baptist Church in the city of Melbourne, Australia. It was a great privilege for us to have your pastor, Joel, preaching for us at Easter, in English, and it is a great honour for me to be invited to share the word of God with you in Spanish today.

So, in honour of these multi-lingual preaching exchanges, I want to look at this story of the Pentecost languages miracle and think about what it all really means and why it matters.

Language and identity are often closely linked to one another. That’s why so many racist attacks begin with the attackers first taking offence over people speaking a foreign language, and they begin screaming abuse at them and demanding that they speak “our” language, and from there it descends into physical violence. 

You can see the connection between language and identity too in the way colonial powers often outlawed the speaking of indigenous languages. I don’t how much the Spanish tried to destroy indigenous languages in México, but when I see the energy being put into reestablishing those languages, I’m guessing they did. When I was in Queretaro last year, I saw a sign that said, “In this shop we speak Otomí, Náhuatl, and even Spanish.” 

In my country, there used to be hundreds of indigenous languages spoken before the English came. Now there are only a few left. There are many indigenous Australians even today who can remember the time when they could be arrested and jailed for speaking their native language. It is a shameful history.

Why is language such an inflammatory issue? Why does it stir up such hostility and violence? And what does this have to do with the gospel?

Much of the answer has to do with fear. I remember the first time I found myself alone on the streets in a country where I couldn’t speak a word of the local language. I was surprised at how terrified I felt.

I am usually very confident in my ability to communicate, and very confident that whatever might go wrong, my communication skills will enable me to negotiate my way through the perils, but here I was, suddenly stripped of my most powerful asset, my communication skills. I didn’t even know how to order food in a shop, and if something went seriously wrong, I would not be able to talk my way through it at all. I felt entirely helpless. 

That experience has given me some understanding and even compassion for those who feel threatened by others speaking languages they don’t understand. It can be especially sharp if you are surrounded by an unpredictable and violent culture. If violence is an ever present threat, then people speaking in another language could easily be plotting against you. If you are already living in fear, you want to be able to follow what is being said and done around you, and so people speaking other languages can make you feel very insecure.

Strangely, many of us are experiencing another version of this during the current pandemic. The coronavirus is something we can’t see and don’t understand, but it has been able to isolate us from one another and make us a bit afraid of each other. Even though we are desperate for normal human contact, when we go outside to buy food and essential supplies, we are not sure if it is safe to be close to the people we see. No matter how much we listen to the news and read what the scientists say, it doesn’t equip us to know whether that person over there is safe. Sometimes I realise that I am again feeling like I did that first time I couldn’t speak the language – insecure and anxious and helpless.

But I think there is another layer of fear that contributes to the violent attacks on foreign speakers. Most angry violent people live surrounded by lots of other angry violent people, and so they live with a constant sense of danger. At any moment, all that hostility and anger could boil up and explode, and it is often quite random and so you know that you could easily be the target the next time it blows up. 

So what we tend to do when we are constantly afraid like that is that we do what we can to make sure that it is someone else, and not us, who is the most likely target. We protect ourselves at the expense of someone else, by treating someone else with suspicion and hostility and aggression in the hope that everyone else will agree with us and thus be united against someone who is not us. 

And of course, that strategy, which is always unconscious, is much more successful if the person or group we direct our hostility towards is noticeably different from our group in some way, such as racial appearance or language.

You can see how irrational this is during the present health crisis. I don’t know if it is the same here, but in my country, there has been an ugly increase in racial abuse towards Chinese people. The statistics make it clear that people from the USA and England are much more likely to be carrying the virus than people from China, but in my country, most English and American people look just like us, whereas the Chinese are easy to identify and therefore easy to blame and attack.

This tendency to blame and attack has thoroughly infected all religions including Christianity. It’s not always expressed in violent assaults, but religious groups are notorious for shunning and persecuting groups they identify as “the evil other”, as the one who might infect us with something corrupt and dangerous. 

We have shunned and persecuted Jews, Muslims, Africans, indigenous peoples, women, divorcees, homosexuals, liberals and fundamentalists. We justify it as being a righteous crusade against sin and wickedness. We are just siding with God who allegedly hates these evildoers. 

But most of this hostility is driven by the same motive as the racial hatred I was just describing. If someone is going to begin violently purging the world of sinners, we need to make sure that it is some other kind of sinners, not the kind of sinner that includes us. We can reassure ourselves that we are the good people who will be safe if we can identify sin and evil somewhere else. If “they” are the evil ones, then “we” must be the good, so we’ll be exempt when the judgement comes. 

And, of course, often this fear is not really about God and some imagined future judgement. It is actually about each other. Fearful of being judged by one another and branded as abominable sinners and shunned or attacked ourselves, we eagerly join crusades against other categories of sin.

Christians of every variety can be seen doing this to one another. They denounce us, and we denounce them in return, and if all we do is reciprocate the hostility, we are both playing the same divisive game. We point the finger at each other and the world stays divided. We identify “them” as the problem, and because we have identified them as the problem, we feel secure in the knowledge that we are not the problem. But of course, the real problem is the need to keep securing our own identity and security at someone else’s expense. 

This is precisely what was so remarkable and extraordinary about what Jesus did. He came among us and willingly stood out as different, as strange, almost inviting us to turn on him as the odd one out, the vulnerable minority who we could all join in persecuting to keep the anger of the mob safely deflected away from ourselves. And by putting himself in that place and willingly surrendering himself to our crusading hostility, he achieved several astonishing things. 

He unmasked the great lies of the system – the lie that said that these crusades were authorised by God and conducted on God’s behalf, and the lie that said that we “good” people only ever attack the truly evil and that we can accurately tell the difference between the truly evil and the good that is epitomised by “us”. 

And then, beyond simply unmasking the lies, Jesus achieved something even more astonishing. He proved that becoming the persecuted one is not nearly as fatal as we thought. Even crucified to death, Jesus rose up, more alive than ever and even freer than before, to show that we can safely follow him, knowing that the life and love of God will hold us securely. And that security saves us from needing to join in with the finger pointing and crucifying. It sets us free to be part of the solution instead of part of the problem. 

So the Spirit that was poured out on the new-born church on the Day of Pentecost was the spirit of Jesus. The same spirit that shaped him and inspired him and empowered him to courageously side with the world’s victims, even to the point of becoming the ultimate victim of our hostility and violence. So when this Spirit is poured out upon us, it is a Spirit that has absolutely nothing to do with our desire to divide ourselves up into rival mobs, whether the lines be ethnic or linguistic or sexual or theological. Instead it is a Spirit that breaks down barriers and builds bridges and heals divisions and reconciles former enemies. And in a time when we know in a new way how painful it is to live divided and isolated from one another, we know more than ever our need of a Spirit who will break down the barriers and enable us all to embrace one another as sisters and brothers.

So when this wild and crazy Spirit drove the previously fearful apostles into the streets and empowered them to begin preaching the good news of Jesus in the languages of all those they encountered, it was an unmistakable sign of the new culture of God in which all are welcome and our diversity is cause for celebration instead of suspicion. 

And when Pastor Joel preaches in my church in English and I preach here for you in Spanish, perhaps in a small way we are enacting the same sign. If it is a sign of a bigger transformation happening within and among us, then it will ultimately be no small thing at all. We will truly be allowing ourselves to be blown by the winds of God’s Spirit out of the hellish enclaves of frightened conformity and repressive assimilation, and out into the pathways of Jesus where we rejoice in the diversity of God’s creation and celebrate God’s reconciling and all inclusive love that heals the world and creates the place of belonging and togetherness and security that we were all longing for.

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